Hace muchos años, al menos veinte, una noche de verano mi padre volvió a un tema recurrente y que a mí me encantaba oir. No era otro que las historias pasadas de la selección española. Ese día tocaba hablar del mundial del 50, el del gol de Zarra a Inglaterra, en el que finalmente quedamos cuartos. Recuerdo a mi padre contándome aquél memorable partido ante Uruguay, ya en la fase final, en el que la celeste se adelantó en el marcador, luego remontamos con dos goles de Basora, y que a la postre acabó en empate merced a un chutazo lejanísimo del inigualable Obdulio Varela. Gol que por cierto creo que no quedó grabado para la posteridad, parece que ningún cámara pensaba que el legendario charrúa iba a chutar desde su casa. Luego Brasil nos dejó sin aspiraciones al meternos seis, pero no importaba porque a los suecos les habían hecho siete. Fue el año del maracanazo, una de las obsesiones futbolísticas con las que crecí.
Luego, además, supe que el famoso gol de Don Telmo no fue decisivo, ya que a España ese día le valía el empate para alcanzar la liguilla final de cuatro equipos. Por cierto, el ilustre delantero del Athletic se llamaba igual que las dos personas que hablaban aquella noche de verano. Bueno, yo me limitaba a escuchar.
Mi padre anda fenomenal de salud pero estos dos últimos años, y sobre todo en el último mes, he querido recordar a todos esos aficionados de la roja, que la siguieron con pasión, y que se fueron sin verla triunfar en una gran competición. Creo que a ellos más que a nadie hay que dedicarles la victoria en el mundial. Seguro que Del Bosque, a quien todos admiramos por su comportamiento y buen hacer, tampoco se ha olvidado de ellos.
Cuando veo a los chavales de quince o veinte años llorando por el triunfo cosechado, y a mí con los ojos secos pero el corazón en un puño, no puedo evitar sentir una pequeña contradicción, ya que pienso que ellos apenas han tenido tiempo de ver la secuencia de frustraciones que nosotros hemos vivido, y que algunas veces venían motivadas por los árbitros de turno, pero que normalmente escondían una incapacidad, un querer y no poder que acababa con nosotros más pronto que tarde. No éramos tan buenos como nos decían. Desde que yo recuerdo, siempre que hemos ido a una Copa del Mundo, nos decían que teníamos grandes opciones. Y malos equipos no eran en absoluto, pero tampoco tenían nada que ver con la generación actual, hecha de oro, como la Copa que ellos nos han regalado.
Yo, a la edad de esos chicos, veía tan imposible que pasara lo que ha sucedido que, junto a un amigo de la carrera, dijimos que si España algún día alzaba la dichosa copita, como la nombró ayer Iniesta, al día siguiente no tendríamos más remedio que suicidarnos, porque no tendríamos ya motivación alguna tras semejante delirio.
Ayer le preguntaba a mi amigo "Moce" quienes habían sido para él los cuatro mejores jugadores de España en el campeonato. Me dijo que Villa, Busquets, Piqué y Xavi. Yo coincido en los dos primeros, pero sustituyo a los otros por Iniesta e Iker Casillas. Al ver la imagen repetida de Robben delante del portero, y como éste, absolutamente concentrado, echa el cuerpo a un lado, las piernas al otro, y se queda medio quieto, cubriendo el mayor espacio posible, me doy cuenta de como en ese momento exacto está sacando a relucir la experiencia acumulada en años y años de carrera. Cómo se sufrió en esa jugada, en la que dió tiempo a rezar, y hasta a hacer promesas si Iker la paraba. Luego llegó la historia del beso, seguramente el que más hayamos disfrutado de los que no hemos sido protagonistas.
¿Y qué decir de Andrés? Solo se me ocurre que es lo más parecido a Zidane que he visto nunca, que es un jugador que mezcla creatividad, imaginación, técnica, y que cuando está en forma lleva la pelota pegada al cuerpo y es imposible quitársela. Es curioso que él y Xavi nunca copen los trofeos individuales, esos con los que sueña Cristiano Ronaldo en sus noches de Nueva York. Yo pienso que nadie duda de que son los dos mejores jugadores del mundo, al menos los dos que mejor entienden este juego llamado fútbol, pero que no les importa en absoluto que no les den los balones de oro de turno, porque los consideran títulos menores. Son como dos bailarines que se deslizan sobre la hierba, que disfrutan haciendo disfrutar.
Muchas personas vivieron el partido del domingo en familia, casi como una cena de navidad. Mi mujer y yo despertamos a nuestro pequeño cuando marcó Iniesta, para que, con la baba cayendo, pero los ojos como platos, viera a España proclamarse campeona del mundo. Ojalá esto cambie para bien la historia de nuestro país.
Ahora recuerdo que hace un par de meses, en vísperas de esta historia que nos ha cambiado la cara y hasta la vida, le recordé a mi padre anécdotas del mundial del 50. Me extrañó que quien me lo había contado todo no se acordara. Pensándolo bien, seguramente decidiera liberar memoria, sabedor de que algo bueno nos esperaba.
¡Qué bueno que por fín haya llegado nuestro momento!
martes, 13 de julio de 2010
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